El Peatón del Aire

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  • Pesadillas que nunca tuve

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    No fue Windsor, pero era real.

    Hay días en que las grises páginas de sucesos vienen a visitarte al barrio, a sacar la realidad de la televisión para encuadrarla en tu ventana. Momentos en que ves la tinta plasmar y las ondas vibrar. Mañana se hablará de ello en los medios locales, y algún apunte saldrá al exterior como hace este humilde cronista para dejar constancia de ello en la red.

    El alboroto de una mañana soleada de sábado de cervezas y tapas me hizo presentir que alguna anomalía perturbaba el voraz ritmo de compra de las amas de casa. Es más, una “metaanomalía” alteraba la vulgaridad de estos extraños casos, remitidos a pequeños hurtos o a malhumorados conductores. El accidente era de calibre, pues el fuego estaba devorando un piso al otro lado de la calle, mientras atrapaba con sus garras de humo un par de ellos más a la espera de desviar su mandíbula de llamas para cuando nada quedara de su víctima.

    En minutos la policía movía sus sonajeros de auto para que todos hicieran paso a la comitiva aún huérfana de sus protagonistas de rojo y negro, que a la eternidad de unas pocas arcadas de reloj más hicieron acto de presencia, con sus carrozas de escaleras de atrapar estrellas y serpientes de agua para atar la candela que allí se había convocado. El humo, libre, manaba hacia el infinito como una manada de herbívoros cruzando el serengueti. Una merienda de negros pinceles haciendo burdos grafitis sobre la cal. Además de un maleducado tragón es un burdo pintor.


    Si el tiempo se hizo goma y se había estirado hasta casi quebrarse, ahora parecía comprimirse, y en menos que arde el confeti ya se había desplegado todo el operativo, con las ambulancias largando enfermeros, y policías decorando la escena con un lazo que incita a pasar mientras uno, luego dos y más tarde otra pareja de bomberos se introduce en el portal. Nadie le ha preguntado a qué piso van, no tienen pinta de repartir publicidad en los buzones. Mas el chicle vuelve a alargarse y la eternidad parece haber engullido a los señores que le hacen ascuas al ascua.

    Un chorro de espuma, escupitajo de ira, atraviesa la cascada invertida de humo anunciando que la batalla se decanta de nuestro lado para goce de los curiosos y pena del que ayer era un feliz automovilista que había hecho realidad el milagro de encontrar aparcamiento. Mas aún quedan otros frentes, pues el voraz fuego estaba paladeando las cortinas de otro inquilino, que eran de vainilla. Uno de los bomberos arroja el cadavérico esqueleto de algo que una vez fue de madera al vacío y se empeña en emular a Harold Lloyd saltando a la terraza de la puerta aledaña.

    Son momentos de tensión. Los viandantes le abren la boca con la confianza del dentista pues nadie comprende tamaña acción. Mas del escenario aparece un perrito, sus dueñecitos y, por supuesto, su madre aliviada, que en esta historia no me da la gana que nadie sufra daño alguno. - ¡Tres! – grita el acróbata para volver a encarar las fauces del monstruo y darle la puntilla. Mientras, averiguamos que aquella señora que había en el quinto no estaba enseñándole a su pajarillo el incendio, sino que estaba acorralada en su habitación mostrando la paradoja de que el único que con alas pudiera escapar, en jaula debe esperar.

    Final feliz tiznado. No ha habido víctimas, aunque en el suelo se desplome una señora por el peso de imaginar que todo lo que es acabe en el estómago del señor fuego. Por suerte sólo ardió en su cabeza. La muchedumbre se hace trizas y aquellas señoras que parecían de carnaval vuelven a la peluquería del local de abajo. Cualquiera es el guapo que le arregla las mechas a éstas y a las paredes del edificio. En menos de una hora hay quien se ha quedado sin nada y ha ganado todo, su vida, la riqueza del pobre. La combustión no hace ascos a nadie.

    Como no rasca el cielo, éste se ha caído sobre mis vecinos. No tenía la nobleza del Windsor, pero era real. Ninguna rica empresa estaba allí instalada, y probablemente ningún seguro haga más llevadera la pena. No, el incendio declarado hoy frente a mi ventana llevaba el negruzco color de la tragedia cotidiana. Fuego de estufa y manta, incontrolado mal genio una vez liberado de su incandescente lámpara. Ahora hace la digestión a la espera de que algún despistado vuelva a frotarla.

    2005-02-19 01:00 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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